El pasajero del asiento 30 – Versión completa

             Dos carillas para Fernández. Respondiendo a su convocatoria para contar cuentos de viajes, de nuestros viajes en bus ”de última generación” hacia el Uruguay de adentro. Relato que no sea de agencia publicitaria sino que tenga esa misma autenticidad de Fernández padre jubilado mostrándonos los murales de Rosario o del propio hijo de Eladio Dieste desde el vientre compartido de su iglesia de Durazno, el torrente entre las rocas grises del valle del Lunarejo o la formación ocre de grutas palacio de Carlos Reyles.

            Algo en lo que nadie había reparado durante las horas de carretera. Están los leen, conversan con el de al lado, dejan la vista perdida en el horizonte verde y celeste o sencillamente adormecerse esperando al final del viaje. Esa dormidera de carretera nos lleva a las puertas borrosas de la realidad al encuentro de los sueños recurrentes de las madrugadas inquietas.

            Siempre hay algún asiento vacío. Usualmente queda al fondo y sobre la izquierda. La gente lo evita porque queda junto a la puerta del baño. Suele servir de depósito de alguna mochila, bultos varios o de los alfajores de maicena, invitación de la casa. Es el asiento número treinta.

            Íbamos por el medio del país rumbo al norte por la vertebral ruta cinco. Carpeta verde inglés emborronada contra el horizonte redondo del planeta semioculto por nubes bajas que nos lloviznaban de a ratos perlando los vidrios de las ventanillas. La calefacción sumía al pasaje en un ensueño casi etílico. Dejé vagar mi vista por el recinto cerrado y móvil, pasillo adelante hasta el conducto y pasillo atrás. Esta vez el asiento estaba ocupado. Contra el pasillo un amontonamiento de mochilas y paquetes; del lado de la ventanilla dormitaba con la cabeza caída contra el pecho, ladeada a su izquierda, oculta por una capucha del color de las nubes de afuera.

            Sonia dormía a mi lado. Parecía que todos  estaban ensoñados o ensañados en arroparse en el sopor de espera del final. El del asiento treinta también; o la del asiento, pues ni el sexo ni la edad se trasparentaban en el bulto gris obscuro, tan sólo se escuchaba su respiración ronca y queda como del entubado de un centro de cuidados intensivos.

            Pasé al baño sin necesidad  sólo para mirarle de cerca. Me agaché para descubrirle signos de sexo o de edad Recorría el bulto afinando mis sentidos perceptivos cuando un bache del camino hizo saltar al coche, instintivamente me aferré del pasamano para no caer, la capucha dio un cabezazo  relámpago hacia el techo y la cabeza quedó sumida contra el hombro derecho. Pero en ese instante fugaz del cabeceo vertiginoso  partió de la capucha lo que parecía un rayo desde su ojo izquierdo  que causó un frío paralizante en el pecho. Me había mirado. O así me había parecido  Fue una mirada fugaz y brillante pero horadante, cargada del rencor de alguien a quien habría ofendido imperdonablemente.

            De un salto volví a mi asiento y cerré con fuerza lo ojos procurando indagar en mis recuerdos a mis ofendidos. No hallaba justificación alguna para esa mirada de odio desmadrado ni en los peores de mis recuerdos. Por más que oteaba de reojo por sobre mi hombro izquierdo hacia el asiento trasero, no advertía ninguna otra señal que pudiera ayudarme a ubicar al humillado y ofendido.

            Noté si, de reojo, unos movimientos leves en su regazo, donde estarían activándose sus manos. Me pregunté inquieto si tendría un arma entre ellas. Imaginé su asalto y preví mis maniobras defensivas; aquellas de defensa personal aprendidas en el gimnacio del liceo. Lo esencial era sujetarle brusca y firmemente la muñeca derecha que empuña el arma y doblarle el brazo a la espalda para que abra la mano y suelte. Luego, la paralítica.

            Sólo sé que no pude dormir, pendiente del salto del ocupante del asiento treinta. O al menos conseguir un sueño normal. Un mortecino rayo de sol me despertó; era la mañana y Fernández venía por el pasillo con los humeantes vasitos de café.

–        Sin azúcar. Decime, quien es el compañero de viaje del asiento treinta?

–        Del treinta? No Alfredo ahí no viene nadie.

Al voltear la cabeza con un instantáneo reflejo vi el lugar vacío. Quizás en el vidrio frío quedaran restos húmedos de su respiración o en el tapizado del asiento treinta el rastro tibio de un cuerpo. Pero no fui a averiguarlo, estaba demasiado perturbado por una noche inquieta y sólo estaba interesado en recobrar la tranquilidad del mundo conocido y sin extraños.-

Laura


La excursión más completa y planificada del Norte Argentino.



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2020-07-15T20:13:56+02:00
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María Rosa

Recomiendo la atención que brindan y lo más importante que todo lo que anuncian se cumple.
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2019-06-21T20:13:23+02:00
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Ale


10 puntos el Trekking al Lunarejo! Me encantó el formato de la excursión! Super recomendable!



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2020-07-16T15:46:35+02:00
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Lucy

Viajar con Yorugua es viajar con la tranquilidad absoluta de que todo está absolutamente contemplado.
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Teresa

No descuidan ningún detalle y saben ser muy cálidos con el cliente. te sientes muy cómodo viajando con ellos.
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2020-07-15T20:09:50+02:00
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